EL FOTÓGRAFO A CIEGAS (2013)

Entrevista a Jesús Madriñán

 

Dentro de la gran cantidad de imágenes fotográficas que se producen diariamente son pocas las que pueden superar la impermeabilidad de la denominación artística, no solo vale escapar del imaginario publicitario o periodístico, sino que luchar contra los avatares virtuales y vencer la indiferencia retiniana supone un triunfo contextual.

Jesús Madriñán así lo hace. Su mirada se construye desde una hermenéutica visual en la cual aparecen contenidos culturales, sociales y antropológicos, en un fructuoso intento por hablar de unos hábitos artificiales en lugares reservados a la enajenación nocturna.

DOZE Magazine tiene el placer de entrevistar a este artista cuya trayectoria comienza a destacar en el panorama artístico tanto nacional –Madrid, Málaga, Santiago de Compostela, Barcelona- como  internacional –Nueva York, México, Londres, Uruguay-.

DOZE Magazine: Tus fotografías se desligan de la extendida imagen digital para profundizar en el terreno matérico de la placa fotográfica de gran formato. ¿Cómo consideras ese salto de lo digital a lo analógico?
Jesús  Madriñán: Lo considero muy acertado. Por lo menos para mí sí lo ha sido, ha supuesto un cambio clave en mi trabajo. No es que defienda el uso de lo analógico por encima de lo digital. Entiendo que cada proyecto debe utilizar la técnica que más le convenga, pero en mi caso el salto de lo digital a lo analógico ha supuesto un cambio absoluto en mi forma de enfrentarme a la fotografía. A parte de la calidad, la delicadeza y lo complejo del gran formato analógico me obligan a tomarme mi trabajo con más calma, a poner freno a ese descontrol digital de posibilidades infinitas, y obligarme, así, a entrenar mis habilidades como fotógrafo para ser capaz de conseguir, a la primera, la fotografía que busco.

 

DM: La factura de caracterizada plasticidad analógica, revelan un preciso dominio de la técnica, alejada del pixel y modeladas por el característico grano analógico. ¿Cuál ha sido tu campo de rodaje?
JM: Mi campo de rodaje ha sido la experimentación absoluta y el eterno método de “ensayo y error”. Nunca había tenido contacto con una cámara analógica, ni siquiera me interesaba, hasta que me enamoré de una fotografía expuesta en The Photographer´s Gallery, en Londres, por su definición y calidad, y me enteré de que se trataba de gran formato analógico. Adquirí entonces una cámara de placas de segunda mano y me propuse aprender por mí mismo. Todavía sigo aprendiendo.

DM:  Como todo fotógrafo, construyes narrativas. En tu caso evocan la evanescencia de los idearios generacionales en contextos bien reconocibles,  ¿por qué el ambiente  del club nocturno?
JM: Por que es un ambiente que me pertenece, un contexto artificial que me fascina por su poder de atracción y por su significado. Desde hace años parece que se hace cada vez más difícil poder ver a mis amigos a la luz del día, no por que yo lo decida, sino por que durante el día casi todo son obligaciones, y una gran parte del tiempo de ocio ha quedado relegado a la noche. Es en ese contexto, además de en las redes sociales, donde los jóvenes realmente nos relacionamos, y es ahí donde todo sucede, donde buscamos y encontramos. 

DM: El especial tratamiento que requieren las fotografías de gran formato y su elocuente despliegue de medios se dificulta en su atmósfera de trabajo con sonidos altos y luces epilépticas, ¿dónde reside el atractivo en tal proceso de creación?
JM: Tal vez en no poder manejarlo todo, en que el contexto pese más que tú y tus decisiones. 

A pesar de ser muy perfeccionista me interesa que el azar tenga su papel, trabajar en medio del caos es una especie de terapia de choque para mí.

DM: ¿Tienes un momento predilecto o se va desarrollando a lo largo de la noche?
JM: El mejor momento es al día siguiente cuando recibo mis negativos revelados y descubro sorprendido todo lo que la cámara y yo hemos inmortalizado en medio del caos, y casi sin darme cuenta. 

DM: Desde tu primer proyecto, Looking for something, se comienza a percibir una poética solemnidad en el tratamiento del cuerpo. ¿Cuál es el vínculo que une cada uno de tus proyectos?
JM: Imagino que ese vínculo soy yo mismo. En todos ellos parto de mis propias experiencias, que transformo en reflexiones que más adelante trato de expresar en mi trabajo. Puede que mi trabajo tenga mucho de autorepresentación, todos esos retratos son en realidad una búsqueda de mi mismo, me veo reflejado en cada uno de ellos. Un análisis continuo y una búsqueda de respuestas.

DM: En esas presencias enajenadas dilatas tu imaginario siendo característico la forma de representarlo. ¿Cómo concibes la representación de tus personajes?
JM: En mis imágenes fotógrafo y sujeto trabajan juntos hacia la creación de una historia, en relación al contexto y a las circunstancias que rodean a los dos. En ese proceso, la cámara, la máquina, siempre documenta la naturaleza humana con objetividad científica. Sin embargo, en el otro extremo del proceso fotográfico se encuentran el sujeto y el fotógrafo. El sujeto interactúa constantemente, ofreciendo una pose, una parte proyectada de sí mismo que quedará plasmada para la eternidad, siendo más o menos consciente de lo que decide mostrar. Así, entiendo el retrato no sólo como un documento, sino también como una herramienta para capturar la identidad del retratado, escondida bajo varias capas de representación en forma de imagen.

DM: Tu serie La Finca, aunque de tratamiento reconocible  parece un paréntesis en tu producción. ¿De dónde surge este proyecto? 
JM: La finca es un homenaje, un proyecto que surgió de forma totalmente espontánea, y que trata de un espacio personal e íntimo. Es una ofrenda a un lugar que para mí significa mucho.

DM: Para terminar, coincidiendo con tu cambio de residencia, qué diferencias consideras más tangibles en el panorama artístico  de Madrid, Londres y Barcelona, ciudades en las que has vivido.
JM: Londres, personalmente, me resulta desalmada, una ciudad que ha ido perdiendo la autenticidad en pro de la globalización y la importancia del capital. Me da la impresión de que poco puedes hacer en Londres si no cuentas con una gran inversión. De poco valen las iniciativas o las grandes ideas si no tienes el dinero o el apoyo necesario. Allí lo creativo y artístico se entiende, sobretodo, desde la economía, que es, en realidad, algo de lo que debemos aprender, pero siempre sin desvirtuarlo. Madrid y Barcelona resultan mucho más accesibles, más cercanas. Barcelona es una ciudad muy viva, tremendamente dinámica, y en ella es posible poner en marcha grandes proyectos con ilusión e iniciativa. Madrid se me hace un poco más dura, pero sigue siendo igualmente muy accesible. Ambas ciudades permiten a su población expresarse, son ciudades donde la gente crea la ciudad y la representa, y no al revés. O por lo menos así solía ser.

http://www.doze-mag.com/fotografia/2060-jesus-madrinan.html

 

Cuando conocí la obra de Akram Zaatari, gracias al MUSAC, me pregunté si algún día llegaría esa poética al campo de la producción artística nacional. Su discurso, altamente político, destilado por las experiencias personales, reivindica el grito de lo personal es político; aborda el terreno de los afectos recurriendo al cuerpo como imagen cargada de códigos socioculturales. Sabiendo que su obra queda enmarcada en el mundo árabe, su discurso se potencializa y se intuye la capacidad revolucionaria de sus piezas.

La sociedad occidental está tejiendo un entramado de redes sociales para trapecistas emocionales. Redes que en muchos casos fallan en las lagunas representativas de la meticulosa fotogenia que las generan.
En un contexto en el que las relaciones humanas se han categorizado hasta el punto de formar catálogos existencialistas (Facebook, Twitter, Instagram, Pinterest, LinkedIn…), los vínculos afectivos quedan condicionados por el ámbito del que nacen mostrando los usuarios determinadas facetas asociadas con los valores promovidos colectivamente en sus posts.

 

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