SEÑORAS Y SEÑORES: ESPECTADORES (2013)

 

Seguro que hemos oído varias veces que la historia del Arte del siglo XX es la de sus exposiciones. Hoy, ya empezado el S. XXI, creo que esta historia quedaría definida por sus espectadores. Desde las bacterias primigenias del dadaísmo hasta los últimos tweets, el espectador ha sido la razón de ser del arte y su último juez.

En este primer post que escribo para DOZE Magazine quiero presentar los prototipos de espectadores que he podido encontrar en contextos culturales de capitales internacionales como Londres, Nueva York, Milán o Paris, entre otras. En un cierto punto me he planteado si nosotros, espectadores, hemos sido educados (emancipados diría Rancière) por el rumbo que ha tomado la historia de las Artes o simplemente nos hemos dejado llevar.

Empezaré mencionando al espectador mirada; tronista esnob por excelencia en el reino de la cultura y cuyo papel requiere un entrenamiento diario. Este tipo de espectadores, a quienes irrita la denominación “visitante”, consumen porno específico y cotejan varios periódicos cada mañana. Motivos que justifican su minuciosa indagación a la hora de visitar una exposición.
A este tipo de público nunca le sorprendería una sucursal de Prada en medio del desierto de Texas, sino que vería una feroz crítica a la inconsistencia del sistema globalizado y al efecto inexorable del tiempo.

Tampoco dudarían nunca del capital simbólico inherente al apasionado beso del que disfrutan dos espontáneos bailarines en el hall principal del Guggenheim neoyorkino. Por mucho que Tino Sehgal trate de impedir la documentación de sus performances, el espectador mirada puede llegar a saberlo todo.

Muy diferente es el espectador paciente, el que prueba el gazpacho promocionado en formato shot de los hipermercados y se detiene ante la coacción del captador de turno. Este es un espectador que se siente desconcertado al entrar en el espacio expositivo actuando con bastantes ganas de complacer (B. O`Doherty).
Si ven un tobogán en la Tate se deslizarán ante la insoportable incertidumbre que les provocará esa presencia extraña, satisfaciendo así al interés del artista. ¿Qué sería de Carsten Höller sin este tipo de público?

Otro grupo considerable es el que englobo dentro de espectador presencia. Este suele ser acompañante distraído que pasea la vista indistintamente entre los zapatos de otro espectador (o visitante) y algún objeto de la sala.Figura imprescindible para justificar relevancia de museos y centros de arte al hacer clic en el contador de visitantes.

En las fotos  de Tomas Struth siempre aparece alguno de ellos, visitantes de museos perdidos dentro del recorrido del turismo cultural. O sonreirán ingenuamente imbuidos en otros pensamientos, seguro más interesantes,  al ver los chicles del suelo que alguien a ha colocado deliberadamente.

Por último, cómo no mencionar a la delicia de todo galerista: espectador expectante. Ese es quien espera algo allí donde va, desde una copita de vino a la prensa de turno. Suele dejarse ver en inauguraciones o eventos privados, puede esperar a Leticia en ARCO o a su príncipe azul en la Casa Encendida. Lo dice perfectamente Rirtrik Tiravanija al definir la actitud de sus espectadores, quieren esperar y ver si finalmente pasa algo.
Espectador expectante por excelencia sería Pandemonia, artista cuya única obra es tan repetida como eventos tiene su agenda. Considerada escultura humana o parodia de la vida moderna, este personajes se deja ver en las celebraciones de alto standing del panorama londinense sin repetir nunca estilismo.

Tras este breve repaso etnográfico debo confesar mi ambivalente y versátil  personalidad; dependiendo del ánimo o del humor que me domine pueden encontrarme bebiendo gazpacho en promoción junto al captador de Green Peace en el desierto de Texas buscando a Pandemonia o besándome con los performers de Tino Seghal en el centro del Guggenheim. En sociedades líquidas, personalidades fluidas.

 

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